Por Anacleto González
San Lorenzo de la Vega era un pueblo donde las campanas no solo marcaban la hora, sino el pulso del alma. En este rincón de piedra y sol, la Procesión de la Virgen de la Macarena era el evento que sostenía el cielo cada Viernes Santo. No era un desfile; era un rito de silencio que hundía sus raíces en siglos de devoción. Sin embargo, aquel año, un viento extraño comenzó a soplar desde los pasillos del Cabildo lorenzano, un viento que olía a incienso rancio y a intereses familiares.
En el centro del conflicto se encontraba don Baltasar, el historiador del Pueblo. Baltasar era un hombre de gran memoria, ahora fragmentada por los estragos de una vida de taberna y excesos. Los vecinos recordaban sus discursos brillantes, pero eso fue antes de los "rayos", como llamaban en el pueblo a varios episodios de daños cerebrales que habían asolado su cabeza, producto de su alcoholismo.
Médicamente, su lóbulo frontal era un campo de batalla devastado. La parte del cerebro encargada de la ética, el freno de los impulsos y el juicio razonado se había apagado, dejando en su lugar una desinhibición agresiva y errática. En pocas palabras, estaba incapacitado medicamente para seguir en ese puesto, en el cual sólo se le mantenía por lástima y porque no sabía hacer otra cosa.
Baltasar, como empleado del gobierno que encabezaba ese Cabildo, era quien debía velar por la verdad histórica. Pero su "verdad" ahora estaba secuestrada por su sobrina, Elena.
Elena era una mujer ambiciosa que veía en la Procesión no una vía de fe, sino una plataforma de visibilidad política, argumentando que su familia era históricamente "fundadora" de esa procesión. Ella encabezaba un grupo que a base de mentiras y argumentos vacíos, los volvió inconformes y que exigían algo inaudito: fundar una nueva cofradía dentro de la parroquia, pero bajo sus propias reglas.
Su manifiesto era una bofetada a la tradición: "Queremos procesionar, pero nos negamos a la oración, despreciamos los sacramentos, no asistiremos a la Eucaristía y rechazamos cualquier formación espiritual". Para Elena y su grupo, la Macarena era solo una estatua de madera en un marco civil, un juguete de turismo que debía arrebatarse de las manos de "los curas".
El conflicto estalló en la gran reunión del Cabildo. Don Baltasar, con la mirada perdida y el habla arrastrada —secuela de su última crisis vascular—, se levantó para golpear la mesa. No usó documentos históricos, sino insultos. Tachó de "excluyentes" a los organizadores de la Hermandad, quienes pedían que los cofrades, al menos, creyeran en lo que cargaban al hombro.
—¡Es un derecho civil! —gritaba Baltasar, mientras un hilo de saliva delataba su falta de control muscular—. ¡La calle es de todos! ¡Las normas de la Iglesia son grilletes!
Los miembros del Cabildo se miraban entre sí con una mezcla de lástima y horror; algunos sonreían, entre burla y regocijo, por la escena que presentaba ver babear a Baltasar y porque para otros era la ideología atea de algunos de los miembros del cabildo, convirtiendo esto en la oportunidad para su solaz y esparcimiento anticlerical.
Otros empezaban a darse cuenta de la tragedia: los "argumentos" del historiador no eran tales. Eran impulsos orgánicos, disparos de un cerebro que ya no podía distinguir entre el bien común y el capricho de su sobrina.
Baltasar no estaba defendiendo la cultura; estaba siendo el ariete de un conflicto de intereses familiares, manejando sus propios conveniencias personales e ideologías torcidas, y finalmente, impulsado por una patología que le impedía sentir vergüenza o remordimiento.
Elena, sentada al fondo, sonreía soberbia. Sabía que mientras su tío tuviera el sello oficial, ella podía presionar para "reventar" la actividad de la procesión desde dentro. Si lograban entrar sin fe, la Procesión de la Macarena dejaría de ser un acto de piedad para convertirse en una marcha de protesta civil, destruyendo el alma del rito.
Fue entonces cuando el Prior de la Hermandad, un hombre de paz pero de espina dorsal de acero, pidió la palabra. Se dirigió a Elena y al grupo de inconformes con una calma que hizo callar hasta los desvaríos de Baltasar.
—Queridos vecinos —comenzó el Prior—, escucho sus exigencias con tristeza, no por falta de apertura, sino por la profunda contradicción en la que habitan. Ustedes dicen que quieren ser parte de una cofradía, pero rechazan la oración y los sacramentos. Esto es, en términos sencillos, como querer ser parte de la Marina de España mientras se declara pánico al mar y se rechaza subir a un barco.
El Prior se acercó a Elena y, con voz firme pero caritativa, continuó:
—Ustedes argumentan que esto debe manejarse desde un marco civil. Pero la Macarena no sale a la calle para ser observada como una pieza de museo, sino para ser llorada como la Madre de Dios. Al pedir que eliminemos la espiritualidad de este acto, no están pidiendo inclusión, están pidiendo la aniquilación del evento. No se puede participar en un rito sagrado despreciando lo sagrado. Eso no es libertad, es una simulación que les dañaría el alma a ustedes y ofendería la de este pueblo y su fe.
Elena intentó interrumpir, pero el Prior levantó la mano con suavidad.
—Por caridad, no podemos permitirles cargar un capirote vacío. Sería pedirles que mientan. Si no desean orar ni participar de la mesa de la Eucaristía, ¿por qué desean tanto usar los símbolos de quienes sí lo hacen? La respuesta, me temo, no es la devoción, sino el deseo de ocupar un espacio que no les pertenece para desvirtuarlo y fundamentado en ideologías que van contra Dios y su Iglesia.
Luego, el Prior miró a don Baltasar. Sus ojos no tenían ira, sino compasión.
—Y a usted, don Baltasar, nuestro historiador, solo podemos decirle que la historia que usted tanto defendió se basa en la integridad. Entendemos que su salud ha sido frágil, y que el corazón a veces nubla la razón, especialmente cuando la sangre de uno está involucrada. Pero la memoria de San Lorenzo no puede ser moneda de cambio para conflictos de familia. La Procesión seguirá siendo un acto de fe, porque sin fe, el silencio de la Macarena no sería más que un mudo paseo de madera vieja.
La reunión terminó en un silencio sepulcral. Los miembros del Cabildo, finalmente lúcidos, comprendieron que no podían seguir validando los ataques del historiador como si fueran dictámenes técnicos y que de seguir, acabarían echándose encima al pueblo de San Lorenzo.
El diagnóstico era claro: un hombre enfermo, manipulado por una sobrina ambiciosa, soberbia y egoísta, intentando reventar una tradición de siglos, todo por ideologías e intereses.
Ese Viernes Santo, la Virgen de la Macarena salió como siempre. Elena y su grupo miraron desde la acera, con los brazos cruzados, sin entender por qué el pueblo no se había unido a su "marco civil". No comprendieron que un capirote no es solo tela, sino una flecha que apunta al cielo, y que para lanzarla, se necesita algo que ellos habían rechazado: un corazón dispuesto a arrodillarse.
Don Baltasar se quedó en su balcón, con una copa de vino en la mano y la mirada perdida, gritando incoherencias a los penitentes que pasaban. El pueblo ya no le temía, ni lo escuchaba. Sabían que lo que hablaba no era el historiador, sino la herida de sus "rayos" en el cerebro y el eco de su alcoholismo. La Procesión de la Macarena pasó frente a él, majestuosa y silenciosa, protegida por la firmeza de quienes supieron distinguir entre un derecho ciudadano y un misterio sagrado. #MetroNewsMx

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