Redacción Editorial 

-Mariana Troncoso fue arrollada en Silao tras intentar recuperar su tarjeta robada en un cajero de la Central de Autobuses.
-Pese a existir videos, placas y testigos presenciales, las autoridades no reportan ni un solo detenido por el homicidio.
-El sistema de justicia en Guanajuato vuelve a fallar: el conductor involucrado nunca fue presentado ante el Ministerio Público.
-Comerciantes de la Central de Autobuses denuncian que los robos con el mismo "modus operandi" son constantes y sin vigilancia.
-La familia de la víctima exige justicia ante un crimen que ocurrió a plena luz del día y frente a las cámaras de seguridad.
-Mariana, madre de dos adolescentes y emprendedora, falleció tras dos días de agonía por traumatismo craneoencefálico severo.
-La inacción policial en el lugar de los hechos permitió que los responsables escaparan, dejando a una familia en total desamparo.
-El caso de Mariana Troncoso desnuda la falta de prevención del delito en zonas de alta afluencia ciudadana en el municipio de Silao.
-José Manuel Montoya, viudo de la víctima, enfrenta un proceso legal sin respuestas, enfrentando a un sistema que ignora a las víctimas.
-La impunidad en Silao se convierte en cómplice: matar frente a una ciudad entera parece no tener consecuencias legales en 2026.

Silao es hoy el retrato de un Estado fallido, donde la vida de una mujer trabajadora vale menos que el saldo de una tarjeta de débito. El asesinato de Mariana Troncoso Montes no es un "lamentable accidente", es la confirmación de una tragedia sistémica: la muerte ocurre en la calle, pero la ejecución final se firma en las oficinas del Ministerio Público y en la negligencia de quienes juraron proteger a la ciudadanía.

Así lo exhibe la nota periodística de Alfonso Machuca, del medio digital silaoense "El Otro Enfoque": "Robo y fuga en cajero de Silao matan a Mariana Troncoso; su familia exige justicia" (https://elotroenfoque.mx/index.php/2026/01/11/robo-y-fuga-en-cajero-de-silao-matan-a-mariana-troncoso-su-familia-exige-justicia/ ), donde el hoy viudo José Manuel Montoya Ramírez narra su realidad y la orfandad de dos adolescentes, uno de ellos, testigo del doloroso accidente y posterior fallecimiento de Mariana Troncoso.

Estamos ante un crimen de tres actos. El primero, la delincuencia desatada que opera con total comodidad en la Central de Autobuses de Silao, un espacio público donde el "robo por engaño" es el pan de cada día sin que una sola patrulla se asome. El segundo, la valentía desesperada de una madre que, ante la ausencia de autoridad, tiene que arriesgar su integridad para defender su patrimonio. El tercero, y el más putrefacto, es el silencio de la Fiscalía y de la Policía Municipal.

Es inaudito y criminal que, con videos de varios ángulos, placas de vehículos identificadas y un cerco ciudadano que retuvo a los implicados, no existan detenidos. ¿A dónde se fue el conductor? ¿Quién permitió que se marchara? ¿Cuánto cuesta el silencio de una autoridad en Silao? 

La muerte de Mariana frente a su hija de 15 años es un grito de auxilio que Silao no quiere escuchar. Mientras la familia llora a una madre, basquetbolista y emprendedora, las autoridades estatales y municipales se lavan las manos, apostando al olvido para que la impunidad termine de enterrar el caso.

El encuentro con José Manuel Montoya Ramírez

El silencio respetuoso es lo único que le pasa por la mente al periodista al ver la escena. La imagen de lo que se ve en la casa de la familia Montoya Troncoso es el testimonio visual de una tragedia que la frialdad de las cifras oficiales jamás podrá contener. En ella, el dolor no es un concepto, es un peso físico que parece doblar el cuerpo de José Manuel Montoya Ramírez.

El espacio está saturado de una ausencia que grita. En el centro, el retrato de Mariana Troncoso Montes, joven, llena de vida, flanqueada por una camiseta de basquetbol con el número 19. Ese uniforme, que antes representaba dinamismo y salud en las canchas con el equipo Zitnácua, hoy cuelga inerte como una reliquia de lo que la delincuencia arrebató en un segundo de violencia. Las flores acumuladas no son solo un tributo; son el muro de contención ante un vacío que nadie puede llenar.

La postura de José Manuel lo dice todo. No hay lágrimas explosivas en este instante, hay algo mucho más aterrador: la claudicación del espíritu ante una realidad que no tiene lógica.

Sus ojos no ven las flores ni el altar; están fijos en un punto de dolor interno, reviviendo quizá las últimas palabras que Mariana pronunció al llegar consciente al hospital tras ser arrollada por un vehículo que huía.

Sus manos se aprietan con fuerza, un gesto instintivo de quien intenta sostener los restos de una familia que ha quedado huérfana de madre. Es la imagen de la impotencia de un padre que ahora debe explicar a sus hijos de 15 y 17 años por qué quienes mataron a su madre siguen libres a pesar de las pruebas en video.

La habitación se siente asfixiante. La cruz de cal en el suelo azul marca el punto final de una vida, pero para José Manuel, es el inicio de un calvario donde el enemigo no es solo el ladrón, sino un sistema que permite que los responsables se evaporen a pesar de haber placas identificadas y testigos presenciales.

Lo que más lastima de la escena en la casa de José es la soledad del duelo frente a la indiferencia del Estado. Mientras José Manuel se hunde en su silla, el sistema que debió procurar justicia se convierte en cómplice por omisión. 

La escena plasma la derrota de un ciudadano frente a la impunidad institucional; es el rostro de un hombre que sabe que en Silao, la vida de una madre de familia fue canjeada por una tarjeta de débito y el silencio de las autoridades.

Es una imagen que denuncia. Mariana no murió solo en el pavimento de la Central de Autobuses; muere cada día que la justicia decide no llegar a esa casa. #MetroNewsMx