Redacción Editorial Metro News/Video Columna de Arturo Espinosa
-México, el único país donde creen que los políticos corruptos se vuelven honestos al cambiar de partido
-Años de narrativa oficial construyeron al "PRIAN" como el símbolo absoluto de la corrupción neoliberal y el viejo régimen que debía ser desterrado al basurero de la historia.
-El éxodo masivo de gobernadores, legisladores y cuadros formados en las filas del tricolor y el blanquiazul hacia el movimiento oficial exhibe una profunda contradicción estructural.
-Lejos de erradicar los vicios del pasado, la estructura gobernante ha operado una gigantesca planta de reciclaje político que purifica currículums a cambio de lealtades pragmáticas.
La política contemporánea en México vive habitada por una paradoja semántica y conceptual tan evidente que roza el absurdo. Durante años, el eje discursivo de la autodenominada Cuarta Transformación se estructuró sobre un antagonismo moral fundacional: de un lado, los artífices del cambio verdadero; del otro, el "PRIAN", una contracción política convertida en estigmatización que aglutinaba los peores excesos de 36 años de neoliberalismo, corrupción y saqueo institucional. Sin embargo, cuando se contrasta la pureza ideológica del relato con la anatomía real de quienes detentan el poder, surge una interrogante inevitable que desarma el discurso oficial: ¿cuánto de ese viejo régimen sobrevive, se recicla y opera hoy en el corazón mismo del obradorismo?
El análisis acucioso de las trayectorias revela que el prianismo no es un accidente exógeno que penetró recientemente en las estructuras de Morena, sino el cimiento histórico sobre el cual se edificó gran parte de su arquitectura política. La revisión documental expone sin eufemismos que el propio fundador del movimiento, Andrés Manuel López Obrador, inició su formación partidista en las entrañas del Partido Revolucionario Institucional (PRI), dirigiendo el comité estatal en Tabasco en la década de los ochenta.
A él se suman figuras de peso específico decisivo en el actual ejercicio del poder: Manuel Bartlett Díaz, secretario de Gobernación en los años más duros del régimen salinista y hoy pilar energético del Estado al frente de la Comisión Federal de Electricidad; Ricardo Monreal y Adán Augusto López, con dilatadas carreras legislativas y ejecutivas bajo las siglas tricolores; así como Marcelo Ebrard e Ignacio Mier, este último responsable incluso de convalidar el rescate financiero del Fobaproa desde la trinchera priista.
Esta génesis compartida demuestra que una fracción sustancial de quienes llegaron para demoler el viejo sistema aprendieron los códigos, las tácticas y el ejercicio del poder precisamente en sus aulas. No se trató de una demolición aséptica, sino de una compleja metamorfosis donde el pasado partidista se desvanece de forma selectiva en función de la conveniencia coyuntural.
El fenómeno, empero, no se limita a los fundadores históricos. Con la llegada al poder formal, las puertas de la transformación se abrieron de par en par al arribo de cuadros recién desprendidos de la oposición tradicional. Casos emblemáticos como el de Alejandra del Moral —exdirigente mexiquense y abanderada del bloque opositor en 2023—, el exgobernador Eruviel Ávila, o los polémicos movimientos de legisladores como Miguel Ángel Yunes Márquez en el Senado, ilustran una realidad innegable: el pragmatismo pragmático aplastó a la ortodoxia ideológica. Cuando los números legislativos apremian para alcanzar mayorías calificadas o consolidar hegemonías territoriales, el origen tricolor o blanquiazul deja de ser un estigma moral para convertirse en un activo transaccional.
Las cifras dimensionan la magnitud de este trasvase silencioso. Más allá de los 150 grandes operadores y figuras nacionales que acaparan los titulares, los registros apuntan a que entre 600,000 y 800,000 ciudadanos con militancia previa en el PRI, el PAN y el PRD han migrado e incorporado a las bases de Morena. Solo el éxodo desde el tricolor aportó cerca de medio millón de operadores territoriales, sindicales y campesinos que otrora sostuvieron la maquinaria electoral del viejo régimen. La desaparición del PRD y la reconfiguración de los bastiones locales terminaron por consolidar un trasvase masivo que modificó de raíz el equilibrio político nacional, vaciando a la oposición de estructuras y rellenando al oficialismo con los mismos operadores de siempre.
La cristalización de este proceso encuentra su escaparate más visible en el servicio diplomático y la representación exterior. Nombres como los de los exgobernadores priistas Omar Fayad (Noruega), Quirino Ordaz (España), Claudia Pavlovich (Barcelona) y Carlos Miguel Aysa (República Dominicana), sumados a los perfiles de Alfonso Durazo y Esteban Moctezuma —con trayectorias que pendulan con naturalidad entre el PRI y el PAN—, confirman que el sistema de incentivos político-electorales funciona como una efectiva planta de reciclaje.
El punto final es lapidario y carente de ambages: Morena no destruyó el cascajo de la política mexicana; lo rediseñó, lo reubicó y le garantizó estabilidad laboral y diplomática. En la geografía del poder actual, el pecado original de pertenecer al PRIAN fenece en el instante preciso en que el político cruza la aduana de la lealtad pragmática. Así, el antiguo basurero de la historia se convirtió, sin proponérselo teóricamente pero ejecutándoselo con precisión quirúrgica, en la más eficaz bolsa de trabajo del régimen.
La transcripción de la videocolumna de Arturo Espinoza
Arturo Espinosa:
El PRIAN, el PRIAN por aquí, el PRIAN por allá. Durante años, Morena nos dijo que ahí estaba el cascajo de la política mexicana: los mismos de siempre, los del viejo régimen, los que había que mandar al basurero de la historia. Pero algo raro ocurrió: en lugar de tirar el cascajo, Morena empezó a llevárselo a su casa. Expriistas, expanistas, gobernadores, senadores, diputados, y espérese, porque algunos de los personajes más poderosos de la Cuarta Transformación salieron precisamente del PRI que hoy desprecian. Así que hoy vamos a hacer un inventario: ¿cuánto cascajo del PRIAN terminó dentro de Morena? Porque a este paso, cuando vuelvan a gritar "¡PRIAN!", van a tener que voltear primero a ver quién está sentado a su lado.
Antes de contar cuánto cascajo terminó dentro de Morena, hay que recordar por qué esta historia resulta tan divertida. Durante años nos dijeron que el cascajo estaba precisamente del otro lado: el PRIAN. La palabra se convirtió en una de las favoritas del obradorismo. La contracción de PRI y PAN terminó funcionando como mucho más que un apodo; servía para identificar al adversario, asociarlo con corrupción, privilegios, neoliberalismo y el llamado viejo régimen. Y no desapareció con López Obrador; todavía en junio del 2026, Claudia Sheinbaum decía desde Palacio Nacional que el PRI y el PAN eran lo mismo, y volvía a llamarlos el PRIAN, vinculándolo con 36 años de gobiernos que desde la narrativa oficial representaron corrupción y los intereses de los ricos.
Perfecto, entonces ya entendimos la clasificación: ellos son los malos y Morena son los buenos, ¿cierto? Bueno, pues aquí es donde comienza el problema, porque cuando empezamos a buscar el origen de algunos de los políticos que construyeron la llamada 4T, resulta que el cascajo estaba desde los cimientos. Y podemos empezar por el fundador: Andrés Manuel López Obrador inició su trayectoria política dentro del PRI, participó en la campaña del priista Enrique González Pedrero para la gubernatura de Tabasco y, en enero de 1983, fue elegido presidente del Comité Directivo del PRI en Tabasco. Documentos de la época incluso registran reuniones encabezadas por López Obrador en su calidad de dirigente estatal priista de Tabasco. Eso ocurrió hace más de cuatro décadas, y López Obrador rompió posteriormente con el partido. El punto no es esconder su evolución política; el punto es exactamente al contrario: si haber pertenecido al PRI convierte automáticamente a alguien en representante del viejo régimen, Morena tendrá serios problemas explicando su propia definición, porque López Obrador es apenas el primero.
Vamos a ver que el prianismo es el cimiento de Morena. Abramos la bodega de cascajo, porque López Obrador no llegó solo. Empecemos con Manuel Bartlett Díaz, y aquí no estamos hablando de alguien que pasó por una oficina del PRI unos cuantos meses. El Sistema de Información Legislativa de Gobernación documenta que Bartlett fue secretario de Gobernación de 1982 a 1988, secretario de Educación Pública, gobernador de Puebla; es decir, estuvo en las primeras filas de los gobiernos de Miguel de la Madrid y de Carlos Salinas, y siempre anduvo con el PRI. Caray, si eso no era pertenecer al viejo régimen, entonces habría que preguntarle a Morena exactamente qué tan viejo tenía que ser el régimen. López Obrador lo convirtió a Bartlett en una de las figuras centrales de su proyecto energético al colocarlo al frente de la CFE durante su sexenio.
Vamos con el ajonjolí de todos los moles: Ricardo Monreal. Su carrera política comenzó también en el PRI; fue diputado federal, senador suplente y nuevamente diputado federal antes de romper con el partido en 1998, cuando buscaba la candidatura al gobierno de Zacatecas. Después se fue al PRD, a Movimiento Ciudadano, luego a Morena, donde llegó a convertirse en uno de los operadores legislativos más importantes del obradorismo. El propio Senado registra su larga trayectoria parlamentaria y su incorporación a Morena en 2015. Otro cascajo recuperado, aunque este venía con doctorado, experiencia legislativa y varias remodelaciones partidistas encima.
Y ahora el ajonjolí de todos los males: Adán Augusto. También del PRI, Adán fue secretario general del PRI en Tabasco, permaneció vinculado al partido hasta 2001 e incluso participó en procesos políticos internos priistas antes de incorporarse al PRD. Se documentó que comenzó joven en el PRI y, en el año 2000, coordinó la campaña del priista Manuel Andrade por la gubernatura de Tabasco. Después pasó al PRD, luego a Morena, la gubernatura de Tabasco, la Secretaría de Gobernación y el Senado, ya con Morena. Entonces, haga usted la cuenta: López Obrador, Bartlett, Monreal, Adán Augusto, y todavía no terminamos. Marcelo Ebrard, otro personajito que hasta apoyó el Fobaproa. Marcelo Ebrard también comenzó su carrera política dentro del PRI, ligado al equipo de Manuel Camacho Solís, y renunció al partido en octubre de 1995.
E Ignacio Mier tuvo todavía más kilometraje tricolor: fue diputado local, federal, ocupó responsabilidades dentro de la estructura priista poblana y llegó a presidir el Comité Estatal del PRI en 1996 antes de terminar en Morena. Él, como priista, aprobó el Fobaproa. Morena construyó buena parte de su identidad política diciendo que venía a sustituir al viejo régimen, pero cuando uno revisa el currículum de varios de sus personajes históricos encuentra algo fascinante: una parte de quienes llegaron para combatir al viejo PRI aprendieron a hacer política precisamente en el viejo PRI. Porque a estas alturas ya tenemos tanto cascajo que esto dejó de parecer demolición; parece remodelación.
Y hasta ahora podríamos concederle algo a ellos —a Bartlett, a Monreal, a Adán Augusto, a Ebrard—: abandonaron el PRI hace muchos años, algunos incluso décadas antes de que Morena existiera. Pero ocurrió algo extraordinario: otra vez, Morena llegó al poder prometiendo acabar con el viejo régimen y empezó a recibir políticos que acababan de salir de él. Ya no hablamos del cascajo de los cimientos; hablamos del cascajo recién llegado.
Un ejemplo perfecto es Alejandra del Moral. La valiente fue presidenta del PRI en el Estado de México, funcionaria y diputada priista, y todavía en 2023 candidata de la alianza del PRI, PAN y PRD para gobernar el estado frente a Delfina Gómez. Es decir, no estamos hablando de una priista de juventud; era la candidata del mismísimo PRIAN que Morena desea combatir. ¿Qué pasó el 27 de mayo del 2024? Después de 20 años en el PRI, Del Moral renunció y ese mismo día apareció junto a Claudia Sheinbaum anunciando su adhesión a su proyecto presidencial. Importante entonces: ambas aclararon que Del Moral no se afiliaba a Morena y que no le habían ofrecido ningún cargo. Hoy sabemos que eso no es cierto. ¡Qué capacidad de rehabilitación! En 2023 era representante del viejo régimen; dos meses después, aliada de la transformación.
Vamos con dos más: Eruviel Ávila y Nubia Mayorga. En julio de 2023, Eruviel Ávila y Nubia Mayorga renunciaron al PRI junto con Miguel Ángel Osorio Chong y Claudia Ruiz Massieu. No eran militantes desconocidos; llevaban décadas en el tricolor. Ellos dos se fueron al Verde, comparsa de Morena. Eruviel ha sido gobernador priista del Estado de México, y Mayorga desarrolló buena parte de su carrera política bajo esas siglas. Porque el cascajo también se clasifica: tenemos cascajo Morena, cascajo Verde, cascajo aliado; pero cuando llega la votación, todos terminan levantando la mano en el mismo edificio.
Y entonces apareció un caso todavía más espectacular: Miguel Ángel Yunes Márquez, del PAN. Miguel Ángel Yunes Márquez llegó al Senado por el PAN en 2024. Morena necesitaba un voto para alcanzar la mayoría calificada con la que aprobaría la reforma judicial. Yunes votó con Morena; su voto resultó decisivo. El PAN anunció su expulsión, y meses después, en febrero de 2025, Yunes apareció acompañado por Adán Augusto López para solicitar su afiliación a Morena. El propio Adán Augusto reconoció públicamente la importancia de aquel voto para alcanzar la mayoría calificada dentro de Morena. Hubo resistencias, entre ellas la de Citlalli Hernández y legisladores veracruzanos, y finalmente Yunes retiró su solicitud; la Comisión de Honestidad y Justicia del partido determinó no admitirla por cuestiones relacionadas con su militancia registrada. Aún así, Yunes anunció que permanecería dentro del grupo parlamentario de Morena. Y entonces el problema ya no es simplemente que algunos fundadores de Morena hayan tenido pasado priista; el fenómeno continuó después de que Morena llegó al poder. Y aquí aparece nuestra palabra favorita del video: cascajo.
Vamos ahora a ponerle números a lo importante: ¿cuántos prianistas terminaron realmente en Morena? ¿Cuántos están allí adentro? El "chapulineo" político no ocurre únicamente entre gobernadores, senadores, figuras nacionales, que son 150; también se estaría produciendo desde las bases partidistas. De acuerdo con los datos, entre 600,000 y 800,000 ciudadanos anteriormente afiliados al PRI, PAN y PRD habrían dado de baja esos registros para incorporarse formalmente a Morena, contribuyendo al debilitamiento territorial de la oposición y al crecimiento del partido oficial. Es decir, casi un millón de prianistas están en Morena. El mayor trasvase provendría del PRI, con alrededor de 500,000 antiguos militantes, muchos vinculados históricamente con estructuras territoriales, sindicales, campesinas y populares. El fenómeno tiene características diferentes según cada partido: la desaparición nacional del PRD habría dejado estructuras y militantes disponibles en antiguos bastiones como Ciudad de México, Michoacán, Tabasco y Estado de México; muchos de ellos terminaron en Morena. En el PAN, en cambio, la migración sería proporcionalmente menor debido a una identidad ideológica más diferenciada, aunque tendría un impacto relevante, porque su padrón ronda apenas los 275,000 afiliados.
Así, mientras los grandes chapulines acaparan titulares, el cambio más profundo estaría ocurriendo abajo: miles de antiguos militantes opositores cambiando de camiseta y modificando desde las estructuras locales el equilibrio político del país. Mientras Morena crecía, comenzaban a aparecer en su órbita nombres con pasado tricolor, azul o amarillo, y de prácticamente todos los colores disponibles. Así que el problema ya no es encontrar un expriista dentro de Morena; el problema empieza a ser encontrar una zona VIP donde no haya pasado alguno.
Y ahí está la verdadera contradicción que estamos documentando en este video: ¿por qué seguir utilizando "PRIAN" como pecado de origen para descalificar al adversario si el pasado priista o panista deja misteriosamente de importar cuando el político cruza a tu lado? Nombres hay muchos, y tienen trabajo; ahí le va:
-Omar Fayad: exgobernador de Hidalgo del PRI, actual embajador de México en Noruega.
-Quirino Ordaz: exgobernador de Sinaloa por el PRI, actualmente embajador de Morena en España.
-Claudia Pavlovich Arellano: exgobernadora de Sonora por el PRI, actual cónsul de México en Barcelona.
-Carlos Miguel Aysa González: exgobernador de Campeche por el PRI, actual embajador de México en la República Dominicana.
-Alfonso Durazo Montaño: del PRI y del PAN, gobernador de Sonora actualmente y presidente del Consejo Nacional de Morena. Fue secretario particular de Luis Donaldo Colosio del PRI y luego secretario particular de Vicente Fox por el PAN.
-Esteban Moctezuma Barragán: del PRI, actual embajador de México en Estados Unidos; fue secretario de Gobernación y Desarrollo Social con el PRI.
-Cynthia López Castro: del PRI, senadora por Morena. Renunció a la bancada del PRI tras fuertes fricciones con su dirigencia nacional y se integró al bloque guinda.
-Alejandro Murat Hinojosa: exgobernador de Oaxaca por el PRI, ahora senador por Morena. Dejó al PRI para sumarse de lleno al proyecto de la 4T.
Y hay muchísimísimos más, estos son algunos; vaya, hasta Félix Salgado Macedonio también estuvo en el PRI.
Morena pasó años prometiendo mandar al PRIAN al basurero de la historia, pero terminó convirtiendo el basurero en bolsa de trabajo. Expriistas, expanistas, exgobernadores, senadores, operadores y hasta antiguos adversarios descubrieron una extraordinaria planta de reciclaje político: entras como cascajo del viejo régimen y, después de cruzar la puerta correcta, sales convertido en un verdadero cuadro de la Cuarta Transformación. Porque aquí el problema nunca fue de qué partido venías; aparentemente, el pecado consiste en seguir ahí. Si brincas a tiempo, si eres un buen chapulín, hasta el currículum te lava Morena.
Así que la próxima vez que desde Morena griten "¡El PRIAN!", sería prudente que primero se pasaran lista, no vaya a ser que Bartlett levante la mano, Monreal pregunte si le hablan a él, Adán Augusto voltee discretamente, Durazo recuerde sus vidas anteriores y algún gobernador priista conteste desde una embajada. Al final, Morena no acabó con el cascajo: lo recogió, lo acomodó, le consiguió puesto y, en algunos casos, hasta le dio representación diplomática. El PRIAN también está en el extranjero.
Por eso quizá habría que actualizar el famoso grito de "Fuera el PRIAN" a: "Fuera el PRIAN... salvo que quiera trabajar con nosotros en Morena". Y eso es el verdadero cascajo del bienestar. #MetroNewsMx

Publicar un comentario